Quiero una fortaleza que proclame la libertad.

Me dijeron que la vida consistía en estudiar para lograr un buen empleo y formar una familia. Desde que nací, trataron de venderme una realidad llena de secretos cuyo único fin era tenerme controlado. Siempre me insistieron en que este era el único propósito de la vida, y que el que no seguía estos pasos era un fracasado, alguien condenado a la infelicidad eterna.
Lo que no me dijeron es que la vida no era precisamente una vía unidireccional con una única salida. Lo que nadie me dijo es que existía otra realidad ahí fuera. Cuando aprendí a dar mis primeros pasos me pusieron una cadena en el cuello y tiraron de ella muy fuerte cada vez que miré hacia donde no debía. Lo peor de todo es que son muy buenos haciendo lo que hacen. Han convertido al mundo en una sociedad con una limitación enorme para la independencia y la autodeterminación. Nos han hecho débiles, dependientes, cobardes, acomodados, y nos han quitado nuestra esencia, nuestra capacidad para pensar.
No sé que hubiese sido de mí si hubiese seguido por esa senda tan recta y monótona plagada de estereotipos, injusticias, cadenas y copias absurdas.
Tuve la suerte de caerme por el precipicio y encontrarme una senda muy estrecha, sin demasiadas huellas, llamada libertad. Desde entonces he vivido en una inestabilidad incontrolable. He estado atrapado en una espiral de dudas que no me permitía decidir hacia donde dar el siguiente paso. La libertad pone. Joder si pone. El problema es que asusta. Es desconocida. Imprevisible. Caótica. Es un lugar peligroso para aquel que no sabe vivir sin ayuda. Y yo, precisamente he sido un chico dependiente toda mi vida. Tímido. Incapaz de hablar en público y con miedo a ser juzgado negativamente. En esta sociedad he sido esa clase de persona a la que llaman bien queda, al que su propia sombra ha mantenido enjaulado durante muchísimos años.
Pero todo eso se ha esfumado junto a la realidad que me vendieron. Para mí el sentido de la vida reside en mi interior. En mis deseos más profundos y en los principios que yo mismo me he implantado. No todos aquellos ideales que trataron de meterme entre ceja y ceja y que supuestamente eran los que todo el mundo debía tener. La sociedad siempre tiende a crear dependencia de la nada. A crear modas absurdas que camuflan un vacío con ideales absurdos y carentes de sentido. Popularidad. Likes.


En mi mundo ya no hay hueco para tonterías. Tampoco para imposiciones con carcasas de lujo que esconden mil y un secretos. He soltado la cadena. He tomado la senda llena de espinas. Me dan igual los clavos y la sangre que pierda por el camino. Esa será mi estela. No quiero pasarme la vida entera pisando las huellas de otros. Quiero vivir mi propia vida y establecer mis propias huellas. El mundo es demasiado grande como para seguir otros pasos. Demasiado profundo como para quedarse en la superficie. Ese camino solo lleva al absurdo. Una superficie banal que construye relaciones dependientes donde las personas se adaptan a las otras para hacerles creer que son lo que necesitan. De consumo, donde la energía tiene un tiempo limitado que acaba provocando una ruptura total de la conexión. Relaciones tóxicas, donde gana el que hace más daño y tiene la última palabra. Dependientes, de consumo limitado, tóxicas, superficiales, monótonas, caracterizadas por hipocresía, engaños, mentiras, celos, y un sinfín de conceptos superficiales que reflejan los miedos más profundos de las personas. Ese camino solo lleva a la frustración, es un progreso inverso hacia la inmadurez y la estupidez. El progreso está en aprender a coexistir con el mundo, a fluir con su naturaleza y a comprender al otro. El éxito en las relaciones no reside en hacerle creer al otro que vas a estar el resto de sus días, en engañarle y hacerle creer que eres algo que nunca has sido. El secreto está en mostrarle quién eres realmente, en enseñarle tus defectos y tus virtudes, en abrirle tus puertas para que pueda conocer quien hay dentro.

La clave está en la sinceridad más profunda. La superficie contempla la incomprensión. Las faltas de comunicación, el dolor por cosas banales, la desconfianza y la inseguridad. En lo profundo esos conceptos no existen. Una relación no es más que una conexión que se produce a nivel inconsciente y que no necesita explicación.
El problema es que la sociedad en la que vivimos ansía esa conexión y cree que por el mero hecho de establecer un vínculo con alguien, eso trasciende a otro nivel. Pero no es así. Son relaciones provocadas que no esconden ningún punto de anclaje.
Yo conecté hace tres años y medio con una persona cuando menos la buscaba. No buscaba ningún tipo de conexión con nadie, ni siquiera conocía su existencia. Pero apareció. Y fue simplemente increíble. Eso es a lo que yo llamo amor. No he sentido nada igual por nadie. El tantra se acerca de lleno a mi conexión con ella. Las conexiones surgen de forma natural e inesperada.
Después de todo lo que he vivido y de todos los errores que he cometido he aprendido a conocerme un poco más. Sé que no quiero ningún tipo de relación forzada superficial que no lleve a ninguna parte.
Sé que quiero construir una fortaleza donde mis principios marquen quien se queda y quien sale. Donde no haya espacio para una habitación para «quedar bien». Donde los pilares estén construidos por mí mismo y no por la sociedad.
En mi fortaleza quiero una bandera que proclame la libertad. Que sea un lugar donde todo el mundo pueda entrar, pero no quedarse. Quiero mi fortaleza construida sobre la cima de mis valores. Que griten a los vientos sinceridad y humildad. Que sucumban a las nubes a la libertad y el compromiso. Que expulsen alegría y empatía a base de silencios humildes y actos que no pretenden fama.
Quiero una fortaleza que se aleje de la superficie y viva en constante movimiento. Quiero una fortaleza que luche contra el miedo y sus imposiciones. Quiero un lugar donde pensar no sea un crimen, sino un hábito. Donde las emociones sean libres y donde no haya cárceles para la rabia o la tristeza. Quiero que cada emoción se exprese tal y como es y que juntos podamos trascender a otro nivel. No quiero seguir una corriente filosófica creada por otro, ni seguir un concepto de vida que otro ha creado, como el budismo, el tantra o el yoga. Quiero inspirarme en ellos y crear mi propio nirvana. Los límites los marcamos nosotros, y en mi fortaleza no hay techo. No quiero tabúes en mis habitaciones. Ni obligaciones en las que no crea. Quiero que mi fortaleza sea un jardín de crecimiento en el que las semillas sean mías. Quiero una habitación de recuerdos a la que pueda acudir cuando la nostalgia me invada. Quiero llevar conmigo a esa fortaleza y dar la vuelta al mundo. Quiero plantarla en la cueva más profunda de Nepal y en el campo base del everest. Quiero llevarla a la India y empaparla de cultura. Quiero llenar mi fortaleza de conocimiento, de experiencias y construir tantas habitaciones que no haya lugar para la monotonía.
Quiero que en mi fortaleza se descubra que existen otras vías para vivir. Que tenemos el poder de crear nuestra historia. De reconstruirnos. Pero para poder hacerlo primero hay que dar un paso muy valiente, el de la deconstrucción. Hay que soportar el golpe de cruzarse con la realidad y de aceptar nuestros errores. De indagar y aceptar lo que nunca nos hemos atrevido a aceptar. De romper con todo lo que creemos que sabemos. De quedarnos sin nada. Es ahí donde empieza realmente el camino hacia la libertad. Esa senda que tanto nos pone pero tanto nos asusta.
Siempre he creído que soy demasiado idealista y que vivo en mi mundo de color rosa. Hasta hace muy poco, no me creía capaz de llevar todos mis pensamientos a la realidad. Pero algo ha cambiado. Sé que creo en todo lo que he escrito, y sé que voy a ser capaz de construir mi propio mundo.
Quiero un fortín donde pueda ser yo mismo. No quiero volver a perder algo tan valioso como lo que perdí hace poco.

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